4 dogmas sobre la Virgen María

La Iglesia Católica, en el desarrollo de su historia y por la inspiración del Espíritu Santo, proclamó 4 dogmas (verdades de fe) en torno a María, que explican claramente estas conclusiones de Lutero antes del cisma, pues lo que Lutero afirmaba no era enseñanza suya, sino que habiendo sido religioso agustino, sencillamente evangelizaba con lo que ya se conocía por dogma o se veía venir sería reconocido en el futuro (como ocurrió) por la fuerza del Espíritu Santo.

1. Primer Dogma: María, Madre de Dios.

Fue definido en el Concilio de Efeso, del año 431, siendo Papa San Clementino I (422-432) y dicta esto: María es la Madre de Dios.

Los conflictos para las personas que se resisten a creer en este dogma, residen en que por experiencia de vida, pudiese parecer que la madre está en una posición de autoridad y conocimiento superior al hijo, por ello se tiende pensar que con esto se quiere decir que María es, en cierta forma, más que Dios.

Pero la lógica del mundo no es la lógica de Dios, de hecho nunca lo ha sido. Así lo sugiere San Pablo en su primera epístola a los Corintios (3,19).

Recordemos que por los paradigmas de los fariseos y levitas judíos, Cristo no fue reconocido como el Mesías, porque el pueblo judío esperaba un nuevo Salomón o David y nuestro Salvador se presentó como el más pobre entre los pobres, como un SERVIDOR, y cargó con nuestras culpas que no le correspondían, que le llevaron al peor y más desgarrador de los sufrimientos (Isaías 53, 1-12).

Del mismo modo, María al ser madre de Jesús no dejó de ser hija, sierva y esclava (Lucas 1,46-55). Cumplió un rol real de madre, pero jamás estuvo por encima de su hijo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Así, siendo la madre de Jesús y aceptando que Cristo es, simultáneamente, verdadero Dios y verdadero hombre, estando desde siempre con el Padre y Espíritu Santo (Juan 1), podemos afirmar que María es la madre de Dios.

2. Segundo Dogma: La virginidad perpetua de María.

Este Dogma se definió en el Concilio de Letrán, celebrado en el 649, bajo el pontificado del Papa San Martín I.

Un dogma muy cuestionado por protestantes y tristemente también por católicos, lo cual habla un poco de nuestras «miserias espirituales» al no poder desvincular de nuestra existencia el acto sexual por los gozos eternos, vendiéndonos al sexo como una necesidad primaria como respirar, comer o expulsar desechos.

Si tocáramos un pedacito de cielo, por un breve éxtasis que nos regalara nuestro Señor, exclamaríamos como Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia:

«Tan alta vida espero, que muero porque no muero».

Es que, aunque el acto sexual es sagrado dentro del matrimonio y sumamente hermoso, también culmina y pierde relevancia a la hora de nuestra muerte.

Por ello, si el sexo es nuestro dios nos impedirá comprender esta hermosísima virtud de la castidad, que además hay que agregársela al noble y justo San José, de quien pronunciamos: «su castísimo esposo».

La vida de María en pleno fue un éxtasis en crecimiento. Pienso que fueron muy pocos (por no decir ninguno) los llamados placeres humanos que en María harían eco de necesidad.

Libros como «La mística ciudad de Dios» de la beata Sor María de Agreda, narran la vida de nuestra madre plagada de virtudes, un ser en quien estaban depositados todos los dones del Espíritu Santo, y que siendo así, fue el principal motivo de frustración para Lucifer desde la creación del hombre en estado de gracia. Le rezamos en el rosario:

«Virgen purísima y castísima antes del parto…en el parto…después del parto..»

¿Cómo es que aún no podemos entenderlo? Si buscamos recibir este dogma en nuestro corazón con nuestros razonamientos humanos, con nuestras mediocridades y flaquezas, jamás hallará espacio en nosotros, pero es un dogma real, hermoso e inspirador, sobre todo en tiempos de hedonismo, lujuria y altos niveles de inmoralidad sexual.

3. Tercer Dogma: La Inmaculada Concepción.

Éste fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854 y es, a mi parecer uno de los más polémicos, ya que éste dogma junto al de la asunción, pareciera de entrada, no tener argumento bíblico.

Esto es lo que ocurre cuando queremos ver a Dios solo en la Biblia y no en comunión con la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, en los cuales se cumple por entero esa promesa de Cristo cuando señaló:

«El paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho» (Juan 14,26).

Una vez una hermana cristiana no católica (protestante) me indicaba que en María no había mayor virtud que haber concebido a Jesús, que fue escogida por ser una de las pocas vírgenes al momento de la anunciación pero más allá de eso fue una mujer común (pecadora) como todos.

Esto me causó algo de asombro porque, como se lo señalé, para la construcción del Arca de la Alianza Dios estipuló un gran número de condiciones en cuanto a dimensiones (111 cm. × 67 cm. × 67 cm), material (madera de acacia revestida de oro), imágenes (querubines, parte de los coros celestiales que están ante la presencia de Dios). Y todos estos rigurosos requisitos fueron para albergar dos tablas escritas por Dios pero que no eran Dios.

Ahora, siendo así, ¿cuánta mayor exigencia, perfección absoluta, pureza y gracia debía tener la mujer que albergaría dentro de sí, no a dos tablas, sino al mismo Dios?

En María vemos, como lo escuché una vez de Fray Nelson Medina, el universo tal cual como Dios lo pensó. María es la nueva Eva, aquella mujer que siendo creada y dotada de gracia y virtud desobedeció al Señor, junto con Adán, y ese pecado nos costó a todos la muerte y la esclavitud.

En María nos reencontramos con Dios, con su risa, una virtud que no fue de ella por educación o cultura, sino que fue creada así para su gran y única misión.

No seamos como Zacarías, el padre de Juan el Bautista que dudó cuando el arcángel Gabriel le dijo que su esposa, Isabel, sería madre (Lucas 1,18-20). La gracia de María es virtud de Dios, porque para Dios «nada es imposible» (Lucas 1,37)

4. Cuarto Dogma: La Asunción de María, en cuerpo y alma, al Cielo.

Proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de 1950 y que goza de la lógica divina, no humana, pues María por no conocer el pecado, en consecuencia su cuerpo tampoco conocería la corrupción.

Ahora, nuestra historia nos ha regalado ejemplos de cuerpos incorruptos en santos virtuosos como la misma Santa Teresa de Jesús, Santa Bernardete, Don Bosco y el mismo padre Pío de Pietrelcina.

Si el cuerpo de María estuviera incorrupto en manos humanas ¿Qué cosas no habríamos hecho para venerarle? Pero más allá de ello, el fundamento de esto es el gozo del resucitado, es la esperanza de que las manchas de Adán y Eva fueron redimidas en Cristo nuestro único Salvador y en María como modelo de virtud y fidelidad, y de que hoy ambos están, como en el principio Dios lo pensó, en el Edén eterno gozando de la compañía de Dios Padre, Cristo a su diestra y el Espíritu Santo.

Y están vivos, aun inspirando dones de santidad, virtud y fuerza a su Iglesia militante hasta el fin de los tiempos.

La palabra asunta es distinta de la que empleamos en Cristo de ascender. El que asciende lo hace por su propio poder, la asunta, como María (único caso) sube a los cielos por el poder de Dios.

Así, no tenemos más que gratitud ante María por su Sí, por acompañarnos día a día intercediendo por nosotros y que solo quiere que amemos a Jesús y le aceptemos como el único camino que nos lleva de regreso a Dios, como especie humana pero por sobre todo, como hijos adoptivos por la gracia del que es y será por siempre nuestro Salvador y a su vez uno con el Padre. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.

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