Inmunes al desaliento

El desaliento es como un virus que entra en los corazones, que paraliza la mente, que lleva a muchos a dejar la lucha.

Por desaliento un monje abandona su esfuerzo en la oración. Por desaliento unos esposos aguantan juntos sin progresar en su amor. Por desaliento un joven deja de estudiar.

Ante los males del desaliento, necesitamos ayudas para desarrollar un sistema “inmunitario” que venza ese terrible enemigo.

A veces ayuda algo tan sencillo como un poco más de sueño y de higiene personal, como recomendaba un gran teólogo del medioevo, santo Tomás de Aquino.

Otras veces se requiere un buen diagnóstico médico: hay desalientos que tienen su origen en una mala dieta o en un daño en el sistema hormonal, y hace falta recurrir al especialista.

Cuando el desaliento surge del egoísmo, de la envidia, de la avaricia, del rencor, de la lujuria, y de tantos otros pecados, la confianza en Dios y una buena confesión se convierten en un antídoto maravilloso.

Cada uno puede ver qué es lo que mejor le sirva para empezar a vivir con más alegría, esperanza, amor, de forma que el desaliento no pueda entrar en la propia vida.

Es cierto que hay situaciones que nos superan y que generan daños muy graves. Una crisis económica, un cáncer difícil de controlar, la traición de un amigo, pueden provocar penas muy hondas y un inicio de desaliento.

Frente a esas situaciones, o a otras más sencillas pero que también pueden dañarnos, el católico que vive cerca de Dios, que reza con humildad y que participa del gran regalo de la Eucaristía, tendrá una energía interior que le ayudará a vencer el desaliento.

En un mundo donde tantas enfermedades del alma se difunden como virus agresivos, aprender a vivir desde la fe nos hará estar mejor preparados, inmunes al desaliento, para trabajar cada día por la llegada en los corazones del Reino que Cristo anunció con su venida entre nosotros.

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