Los Caminos de Dios

El Señor sabe que, por nuestros propios recursos, no podemos conocer los caminos de Dios, que sin duda, sabemos que son los mejores. Y también sabe que no podemos decidirnos o intentar hacerlo sin que desarrolle en nosotros esa búsqueda de la verdad y el amor; simplemente necesitamos la misericordia y la gracia de Dios que pueda permitirnos conocer sus caminos. En esos momentos,es bueno abrirse al Señor y preguntarle:

«Señor, por favor, hazme conocer Tus caminos. Te pido, Señor, en Tu gracia, hazme entender Tus caminos conmigo. Por favor, permíteme reconocer tu voz y tu dirección. Permíteme aceptar Tus caminos sin controversia, sin resistencia, sin murmuraciones, sin autocompasión, aunque no los vea claro, pero aceptando profundamente Tus caminos y sometiéndome a tus designios. Hazme conocer Tus caminos Señor. Amén».

La oración de Moisés (Éxodo 33:13) deberíamos convertirlas en nuestra oración de cada mañana:  «Por favor, hazme conocer tus caminos», para que así, podamos conocer los caminos de Dios y así conocer a Dios mismo.

Moisés estaba pidiendo respetuosamente a Dios que le permitiera conocer los caminos de Dios para que le complaciera; no estaba mendigando, sino que, de una forma humilde y respetuosa, pidió a Dios poder conocer los caminos que debía seguir.

Los caminos de Dios: los mejores.

Los caminos de Dios muchas veces nos parecen incomprensibles. Sin embargo, la experiencia del amor de Dios y la fe sellan en nosotros una verdad más grande que esta incomprensión, tal como lo expresa San Pablo en su Carta a los Romanos:

«Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio» (Romanos 8,28)

Porque los caminos de Dios serán todo lo incomprensibles o raros que quieras, pero sin duda alguna son los mejores y de los que mayor bien puede salir, respetando siempre la libertad. ¡Dios te hace vencer!

«Acuérdate de todo el camino que Yahvé tu Dios te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, para probarte y para conocer lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no. Te humilló y te hizo pasar hambre, y después te alimentó con el maná que ni tú conocías ni habían conocido tus padres, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahvé. No se gastó el vestido que llevabas ni se hincharon tus pies a lo largo de esos cuarenta años. Así te darás cuenta, en tu corazón, de que Yahvé tu Dios te corrige igual que un hombre corrige a su hijo» (Deuteronomio 8,2-5)

Así actúa Dios en nuestra vida: como un Padre. Nos enseña. Nos corrige. Nos hace conocernos. Nos guía por el buen camino. Nos cuida. Nos da lo que necesitamos para continuar. Y, en definitiva, nos quiere.

Yo mismo he pasado tiempos de prueba, tiempos difíciles donde se ha puesto de manifiesto lo que había en mi corazón y me he conocido mejor.

Pero he de decir que en todos esos tiempos Dios siempre ha estado ahí, consolándome y amonestándome con su Palabra, escuchando mi oración, fortaleciéndome y reviviendo mi esperanza, y… ¡Amándome! Además, al final Él siempre ha salido vencedor, pues:

«¿Es un hijo tan querido para mi Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme, oráculo de Yahvé». (Jeremías 31,20)

Otras muchas veces los caminos de Dios son mucho mas incomprensibles, pero ten en cuenta siempre su Palabra sobre ti.

«Pues así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mi de vacío, sin que haya realizado lo que me agrada y haya cumplido aquello a que la envié».  (Isaías 55,11)

Y como garantía de esto, Dios ya ha vencido a la muerte, el destino inevitable de tu vida, y te ha dado la esperanza de la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Él mismo ha entrado en la muerte para mostrarte que no tienes nada que temer, y para amarte hasta el extremo. ¡Dios te ama ciertamente! ¡Confía en Él!

«Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus senderos. Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres Dios mi Salvador, y mi esperanza está en ti todo el día». (Salmo 25:4-5)

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