Matrimonio

El matrimonio es una realidad que encuentra sus raíces en la propia naturaleza humana y en el plan de Dios, ya que es por medio de éste que el hombre y la mujer alcanzan la plenitud de su ser en el amor. Prueba de ello es que los hombres de todas las épocas se han unido en matrimonio, considerándolo, no sólo como un hecho puramente natural y humano, sino trascendente y espiritual. La razón de ello sólo puede ser explicada en Dios mismo, quien como fuente inagotable del amor quiso desde el principio, hacer al hombre y a la mujer, cooperadores en la construcción de este mundo estableciéndolos como centro de la creación, de manera que siendo diferente el uno del otro se “ayudaran” y complementaran mutuamente, y siendo fecundos cooperaran con él en la generación de la vida. (Gen.1, 26-28).

«El hombre y la mujer están hechos “el uno para el otro”:

no que Dios los haya hecho “a medias” e “incompletos”; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser “ayuda” para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas (“hueso de mis huesos…”) y complementarios en cuanto masculino y femenino».      CIC 372

Debido a la vocación a que han sido llamados, el amor matrimonial si ha de vivirse de acuerdo al plan de Dios ha de ser: pleno, único y comprometido con Dios, con la pareja y con la sociedad. El amor entre los cónyuges es por tanto un amor que no excluye ningún aspecto de la persona humana, sino que abarca al hombre total: sentimientos y voluntad, cuerpo y espíritu, por ello, requiere de la aceptación del otro sin condiciones. El amor condicionado no es amor pleno. Se aceptan las cualidades y los defectos, el pasado, el presente y el futuro de aquél a quien se ama de la misma manera que Dios nos ama a nosotros.

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