Perdonar y Disculpar

Si camino por la calle y de pronto tropiezo, pierdo el equilibrio e involuntariamente arrojo al suelo a una persona, lo que procede es pedir una disculpa. Si la víctima de mi accidente se da cuenta que mi acción ha sido, en efecto, involuntaria, me disculpará, es decir, reconocerá que no fui culpable. En cambio si ese mismo transeúnte, al llegar a su casa, insulta a su esposa, no basta que luego solicite ser disculpado, deberá pedir perdón, porque ha sido culpable de la ofensa cometida.

Se disculpa al inocente y se perdona al culpable. Disculpar es un acto de justicia, porque la persona que ha ofendido merece que se le reconozca que no es culpable, tiene derecho a la disculpa, mientras que el perdón trasciende la estricta justicia, porque el culpable, no merece el perdón; si se le perdona es por un acto de amor, de misericordia.

No cabe duda que resulta más fácil disculpar que perdonar. Cuando me doy cuenta que alguien no tiene la culpa, no encuentro en mí ninguna resistencia para disculparlo, porque lo natural es reconocer su inculpabilidad. En cambio cuando, cuando descubro que el ofensor es culpable de su acción, de ordinario, surge naturalmente una acción, inspirada por el sentido de justicia, que exige que esa persona cargue con las consecuencias de su acción, que pague el daño cometido. El perdón implica ir en contra de esa primera reacción espontánea, hay que superarlo con la misericordia. Lo que, en cambio, no tiene sentido, porque se trataría de un esfuerzo estéril, es perdonar lo que merece una simple disculpa.

En la vida ordinaria es frecuente que muchas acciones aparentemente ofensivas se interpreten como agresiones culpables, cuando en realidad no lo son, porque carecen de intencionalidad. Por ejemplo en las omisiones involuntarias. Una buena dosis de reflexión, unida a la actitud de ponerse en el lugar del otro, permite comprender con objetividad tales acciones u omisiones, y descubrir que en múltiples casos sólo basta disculpar, porque la persona sólo actuó por error, por ignorancia o por simple distracción.
Otras veces ocurrirá que descubrimos circunstancias atenuantes que pueden reducir el grado de culpabilidad, como el padre de familia que llega a casa cansado, después de un día problemático en el trabajo, y reacciona con mal humor ante la música que están oyendo sus hijos; o la esposa no recibe al marido con todo el afecto que él esperaría, porque está con los nervios de punta, después que ha atendido múltiples asuntos domésticos. También puede suceder que existen circunstancias permanentes, que si se comprenden simplifican considerablemente el problema del perdón, por ejemplo los padres que reconocen las etapas que viven sus hijos y no se sorprenden por reacciones ofensivas, y no pierden el tiempo lamentándose por la ofensa del hijo y sí emplean el tiempo en formarlo.

No se trata de cerrar los ojos a la realidad, hay que distinguir con la mayor precisión lo que es disculpable y lo que si necesita ser perdonado. Debemos esforzarnos por mirar realista y objetivamente a los demás, que no consiste en juzgarlos y mirarlos como enemigos potenciales, sino en mirarlos con amor.

Misericordia y perdón

En el antiguo testamento prevalecía la ley del Talión, inspirada en la estricta justicia. “ojo por ojo, diente por diente”. Jesucristo viene a perfeccionar la antigua ley e introduce una modificación fundamental que consiste en vincular la justicia a la misericordia, más aún en subordinar la justicia al amor, lo cual resulta tremendamente revolucionario. A partir de Jesucristo, las ofensas recibidas deberán perdonarse, porque el perdón forma parte esencial del amor. “El perdón es una feseta del amor”.

La misericordia que Jesús practica y exige a los suyos, choca, no solo, con el sentir de su época, sino con el de todos los tiempos: “han oído ustedes que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian” (Mt 5, 43-44). “Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica” (Lc 6, 28-29). Estas exigencias del amor superan la natural capacidad humana, por eso Jesús invita a los suyos a una meta que no tiene límites, porque sólo desde ahí podrán lo que se les está pidiendo: “Sean misericordiosos, como su padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Para este ideal tenemos que contar con la ayuda de Dios.

 


Qué es perdonar

A Diferencia del resentimiento producido por ciertas ofensas, el perdón no es un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir.
Hay quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque no pueden dejar de sentir sus efectos, no pueden dejar de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán de venganza. La incapacidad para dejar de sentir el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente insuperable, al menos a corto plazo. Sin embargo si se comprende que el perdón se sitúa en un nivel distinto al del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad, se descubrirá el camino que apunta a la solución.

El empleado que ha sido despedido injustamente de la empresa, el conyugue que ha sufrido la infidelidad de su pareja, o los padres que han padecido el secuestro de un hijo, pueden decidir perdonar, a pesar del sentimiento adverso que necesariamente están experimentando, porque el perdón es un acto volitivo, es decir, de la voluntad y no un acto emocional. Entender esta diferencia entre, entre sentir una emoción y tomar una decisión, es ya un paso importante para clarificar un problema. Muchas veces en la vida tenemos que actuar en sentido inverso a la dirección que marcan nuestros sentimientos, y de hecho lo hacemos porque nuestra voluntad se sobrepone a nuestras emociones. Por ejemplo cuando sentimos desanimo por algún fracaso que hemos tenido en la realización de alguna tarea, y en lugar de abandonarla, nos sobreponemos y seguimos adelante hasta concluir; cuando alguien nos ha molestado y sentimos el impulso de agredirlo, pero decidimos controlarnos y ser pacientes; cuando experimentamos la inclinación hacia la pereza y, sin embargo, optamos por trabajar. En todos estos casos se manifiesta la capacidad de la voluntad para dominar los sentimientos. Lo mismo ocurre cuando perdonamos, a pesar de que emocionalmente nos encontremos inclinados a no hacerlo.

El perdón es un acto de voluntad porque consiste en una decisión. ¿Cuál es el contenido de esta decisión? ¿Qué es lo que decido cuando perdono? Al perdonar opto por cancelar la deuda moral que el otro ha contraído conmigo al ofenderme, y por lo tanto, lo libero en cuanto deudor. No se trata, evidentemente, de suprimir la ofensa cometida, de eliminarla y hacer como que nunca haya existido, porque carecemos de ese poder. Sólo Dios puede borrar la acción ofensiva y hacer que el ofensor vuelva la situación en que se encontraba antes de cometerla. Pero nosotros cuando perdonamos realmente, desearíamos que el otro quedara completamente eximido de la mala acción que cometió. Por eso, “perdonar implica pedir a Dios que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada”.

 

Fuente: Mons. Francisco Ugarte Corcuera, Del Resentimiento al Perdón. Una Puerta para la Felicidad.

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