Plan para resucitar

«Al igual que las mujeres en la tumba cuyo dolor se convirtió en alegría después de la Resurrección, los cristianos también están llamados a ser testigos alegres de la victoria de Cristo sobre la muerte en medio de la pandemia del coronavirus», así lo indicó el Papa Francisco en una editorial publicada el 17 de abril por la revista española Vida Nueva.

Papa Francisco: un plan para resucitar.

En su editorial titulada «Un plan para resucitar», el Papa Francisco también reconoció que, una invitación a la alegría «puede parecer una provocación o una mala broma frente a las graves consecuencias que estamos sufriendo debido al coronavirus (COVID-19)».

El Papa Francisco ha afirmado en esta editorial que el Señor se encuentra con nosotros quitando del camino las piedras que nos paralizan. Al respecto, el Santo Padre escribió:

Aquellos que participan en la pasión del Señor, la pasión de nuestros hermanos y hermanas, incluso viviendo nuestra propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro camino quitando las piedras que nos paralizan.

Si hay algo que hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras están cayendo, los muros se están desmoronando y todos los discursos fundamentalistas se están disolviendo ante una presencia casi imperceptible que muestra la fragilidad de la que estamos hechos.

No quedarse paralizados.

Como las primeras discípulas que fueron a la tumba, vivimos rodeadas de una atmósfera de tristeza e incertidumbre que nos hace preguntarnos:

  • «¿Quién hará rodar la piedra de la entrada de la tumba por nosotros?».

  • «¿Cómo afrontaremos esta situación que nos ha sobrepasado por completo?».

En la precaria época actual, la piedra frente a la tumba simboliza la preocupación y la angustia que «entierra la esperanza», especialmente para los ancianos, las personas discapacitadas, las familias que luchan económicamente, así como los trabajadores de la salud y los funcionarios públicos que se sienten agotados y abrumados.

El peso de esa piedra, parece tener la última palabra.

A pesar de su sufrimiento y miedo, las mujeres discípulas del Señor todavía salieron a la tumba y no se dejaron paralizar por lo que estaba pasando.

Mientras muchos de los apóstoles huyeron, las mujeres llevaron sus especias y aceites para ungir el cuerpo de Jesús, al igual que muchos hombres y mujeres de hoy que tratan de llevar «el ungüento de la corresponsabilidad para cuidar y no arriesgar la vida de otros».

Vimos la unción derramada por médicos, enfermeras, trabajadores de almacenes, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, monjas, abuelos y educadores y tantos otros que fueron animados a dar todo lo que tenían para traer un poco de curación, calma y alma a la situación.

Dios no abandona nunca, ni en medio del dolor.

La buena noticia de la resurrección de Cristo, es lo que trae esperanza y alegría a todos y muestra que nuestras acciones, nuestra unción, nuestra entrega, nuestra vigilancia y acompañamiento en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano.

Dios nunca abandona a su pueblo; siempre está cerca de él, especialmente cuando el dolor está más presente.

Anticuerpos de solidaridad contra el coronavirus.

La actual pandemia de coronavirus también ha puesto de relieve la necesidad de unir a toda la familia humana y la única manera de conquistar el coronavirus es a través de los anticuerpos de la solidaridad.

No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos preguntará de nuevo: «¿Dónde está tu hermano?» y, en nuestra capacidad de respuesta, que se revele el alma de nuestros pueblos, esa reserva de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, durante tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

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