Que descienda el fuego

Lucas nos narra al inicio de su evangelio que siete personas quedaron llenas del Espíritu Santo: un niño aún no nacido, una virgen de Nazareth, una mujer presuntamente estéril y su esposo, un profeta y una profetisa y por último Nuestro Señor. Pareciera que para que el Nuevo Testamento asomara su luz sobre la historia el Espíritu Santo tenía que aparecer en escena.

No fue distinto en los primeros días de la Iglesia: se nos narra también que en Pentecostés “quedaron todos llenos del Espíritu Santo”, que el Espíritu llevó a Felipe a predicar en Samaria y luego lo arrebató; que Saulo tenía que quedar lleno del Espíritu Santo. Este bautismo en el Espíritu Santo, el bautismo con fuego del que habla Juan Bautista es lo que hace posible la obra de evangelización de la Iglesia y lo que hace efectiva la salvación de los hombres, la instauración del Reino. ¿Cómo podríamos entonces continuar la obra de Jesús, sin su poder? ¿Vivir por el Reino sin que el Espíritu nos haya salido al encuentro y llenado nuestra alma?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “Puesto que el Espíritu Santo es la Unción de Cristo, es Cristo, Cabeza del Cuerpo, quien lo distribuye entre sus miembros para alimentarlos, sanarlos, organizarlos en sus funciones mutuas, vivificarlos, enviarlos a dar testimonio, asociarlos a su ofrenda al Padre y a su intercesión por el mundo entero. Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo”.

Si esto es verdad, y Cristo realmente nos da el Espíritu Santo a través de los sacramentos, entonces cada sacramento es un nuevo Pentecostés. Cada absolución es Cristo soplando sobre el penitente diciendo “recibe al Espíritu Santo”; cada promesa matrimonial presentada ante Dios es el posarse de la Paloma sobre los esposos; en cada Eucaristía desciende el mismo fuego que descendió sobre Pentecostés. En cada sacramento quedamos llenos del Espíritu Santo.

Entonces los sacramentos son infinitamente más que simples ritos, incapaces por sí mismos de trascender nuestra vida terrena. Cada sacramento es la entrada del Espíritu en el mundo, es Dios que toca nuestros corazones de diversas maneras, siempre a través del dedo del Espíritu. Por eso se le pide que descienda, que venga, que acuda y que nos llene de sus dones.

Estas «maravillas de Dios», ofrecidas a los creyentes en los Sacramentos de la Iglesia, producen sus frutos en la vida nueva, en Cristo, según el Espíritu. Nos dice el siguiente número. No nos sorprenda que el Nuevo Testamento inicie con la palabra “alégrate”, un don del Espíritu, el primero: la alegría.

Comparte Fagerberg que liturgia es el “verbo de la Iglesia”. Que la Iglesia en todo lo que actúa es litúrgica, es decir, obra del Espíritu. No podemos entendernos como cristianos, sin la vida del Espíritu en nosotros. Y si no es posible entendernos como cristianos, ¿Existe algún otro modo que pueda revelarnos el misterio? ¿Hay acaso otro llamamiento, vocación y misión por la que valga la pena entregar la vida?

Pentecostés es nuestra vida, es lo que nos lleva a la plenitud de Cristo. Sin Pentecostés estamos incompletos, a la espera, sin la promesa del Padre. Por ello, que venga el Espíritu sobre nosotros, que reavive nuestra vida sacramental y nos transforme y comunique sus dones. En pocas palabras: ¡que descienda el fuego!

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