Regreso a Misa Presencial

3 cosas que Dios espera de ti cuando abran las iglesias de nuevo y puedas visitarlo

La espera ha sido eterna, pero poco a poco vemos que cada país va abriendo de nuevo sus iglesias. Si esto no sucede aún en tu ciudad, confía ¡va a llegar el momento esperado! En España, por ejemplo, ya tenemos las iglesias abiertas, tenemos la dicha de participar físicamente en la Eucaristía, un regalo hermoso del Señor.
 ¿Qué cosas esperará Dios de todos en cuanto se abra la iglesia?

1. Una buena confesión

Lo sé, es probable que desde antes del confinamiento no te hayas confesado. Y también sé, porque como tú soy pecador, que todos en estos días hemos tenido nuestros momentos buenos y no tan buenos. Nos hemos podido dejar llevar por la tentación del desaliento, la desconfianza, la tristeza, quizás las críticas, la impureza, y tantas otras tentaciones del demonio.
¡No lo dejes para más adelante! Vete directo al sacerdote y pídele la confesión, lo hará encantado, como el Padre misericordioso que está deseando volver a ver a su hijo, darle un abrazo y hacer una fiesta.
Deja que Dios te perdone de todos tus pecados, te lave, purifique y ponga tu alma con un traje de gala, enjoyada con la gracia santificadora y repleta de luz, de paz y de amor.

2. Una buena comunión

Una vez que tengas el alma reluciente, feliz y saturada de la presencia de Dios, acércate al altar. Al Santo Sacrificio del Señor, para vivir la pasión, muerte y resurrección de Jesús, por amor a ti. Además, ahora lo vas a vivir no solo a través de una pantalla, sino realmente con tu cuerpo y todo tu ser.

Intenta participar respondiendo fuerte, que el sacerdote te oiga, que echaba de menos tu voz. Activa tu fe, aviva tu esperanza, inúndate en el amor de Dios, adora profundamente de rodillas en el momento de la Consagración para vivir no de recuerdo sino de realidad, lo que ven tus ojos por la fe: «Dios vivo y presente en un trocito de pan. Di como santo Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28).

Y cuando llegue el momento de comulgar, hazlo como si fuera el día de tu Primera Comunión. ¡Dios mismo va a entrar en ti! Repite varias veces con el pastorcito san Francisco:

«¡Tengo a Dios en mí! ¡Tengo a Dios en mí!… Adora con profunda reverencia y dale gracias a Dios, llorando de alegría, porque se haya dignado entrar en tu pobre morada. Él es el pan vivo bajado del cielo: El que coma de este Pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).

3. Un buen rato de oración

Cuando termine la misa, no te vayas enseguida. Quédate un buen rato dando gracias a Dios, que está dentro de ti, y te ama, y te besa, y espera una respuesta de tu amor a su corazón abandonado, solo, despreciado por tantos de sus hijos.

¡Dale siempre gracias a Dios por el gran don de su misericordia que nunca se cansa de perdonarte, por el santo sacrificio de la misa, y por esperarte día y noche en el Sagrario!

Vivamos profundamente nuestro ser de Iglesia, de hijos de Dios en plenitud, para llenarnos del amor infinito y así poder llevar a Dios a todos nuestros hermanos.

¡Ánimo, falta muy poco!

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