Relaciones Prematrimoniales

Una de las cosas que preocupan seriamente a la Iglesia es el hecho de que hoy muchos jóvenes (y no jóvenes) consideren como cosa normal, incluso como una auténtica muestra de amor entre amigos y novios, el tener relaciones íntimas antes del matrimonio. Se piensa generalmente que la relación extramarital tiene repercusiones solo de tipo ético y sobre todo religioso, por lo que en una sociedad en donde se vive una «moral de situación» y un laicismo que raya muchas veces en el paganismo, no se alcanza a comprender que este aspecto de la vida humana tiene profundas consecuencias en la misma persona, las cuales pueden llegar a destruirla totalmente. Quizás el gran problema en muchas áreas de nuestra vida, es el considerar que el pecado es algo que solo se refiere a Dios, por lo que no tiene otro tipo de consecuencia que no sea la pérdida de la amistad con Dios. Sin embargo la realidad es mucho más profunda, como lo veremos. En los Diez Mandamientos leemos en el sexto mandamiento: NO FORNICARAS. Esto se refiere a las relaciones sexuales (y a las caricias íntimas que llevan a la consumación del acto sexual) fuera del matrimonio. Ahora bien, ¿es que Dios es un egoísta que no quiere que tengamos placer sexual y por eso nos lo prohíbe? ¡Nada de eso! Al contrario, nos advierte como lo hizo en el paraíso con Adán y Eva: «El día que coman de esa fruta morirán» y se refería no a la muerte física, sino a lo que es peor a la muerte interior, que vacía de sentido la vida del hombre convirtiéndola de paraíso en destierro, llanto y soledad. «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.» CIC 2332

Una de las consecuencias más comunes de tener relaciones íntimas antes del matrimonio y que muchas veces será la causa del fracaso de éste, es el hecho de que el noviazgo se va tornando no en un encuentro de dos corazones que se buscan, que se comprenden y que se aman, sino en dos cuerpos que se desean.

Si queremos vivir, no solo en gracia, sino en la paz profunda que Dios nos da al vivir de acuerdo a su proyecto, debemos trabajar en la renuncia. Para ello la oración y nuestras prácticas de renuncia voluntarias (penitencia) son el arma más poderosa para combatir algo que es muy bello, pero que requiere ciertas condiciones para que sea tal como Dios lo pensó. San Pablo decía: «Todo me está permitido, pero no todo me conviene».

 

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