Reparar

Reparar es más sencillo de lo que parece.

El pasado recoge el camino de una vida, con sus luces y sus sombras, con sus momentos de amor y con sus pecados más o menos graves.

Al recordar la parte oscura, los gestos egoístas, los pecados contra Dios y contra el prójimo, el alma experimenta pena, dolor, deseos de reparar.

Pablo VI, en su “Meditación ante la muerte”, no tuvo miedo de reconocer el misterio del pecado que hiere tantas vidas.

El Papa Montini recordaba, junto a los grandes beneficios recibidos de Dios, que también había “una trama de míseras acciones, que sería preferible no recordar, son tan defectuosas, imperfectas, equivocadas, tontas, ridículas” (Pablo VI, “Meditación ante la muerte”).

Ante el mal provocado por uno mismo, el alma invoca y suplica la misericordia de Dios, la que levanta al caído, perdona al pecador, salva a quien ha sucumbido a la tentación.

Al mismo tiempo, surge el deseo de contrarrestar el mal cometido, de arreglar, en la medida de lo posible, los sufrimientos infringidos sobre otros.

“¿Cómo reparar las acciones mal hechas, cómo recuperar el tiempo perdido, cómo aferrar en esta última posibilidad de opción el ‘unum necesarium’, la única cosa necesaria?” (“Meditación ante la muerte”).

Pablo VI indicaba, en el texto que dejó a la Iglesia casi como testamento, un camino sencillo para reparar, para emprender el camino que sana y que celebra, con las propias acciones, la misericordia recibida.

“Y luego, finalmente, un acto de buena voluntad: no mirar más hacia atrás, sino cumplir con gusto, sencillamente, humildemente, con fortaleza, como voluntad tuya, el deber que deriva de las circunstancias en que me encuentro”.

Se vive así plenamente el Evangelio, donde Cristo enseña a buscar en el momento presente el Reino y su justicia, y donde invita a confiar en el Amor del Padre (cf. Mt 6, 25,34; Lc 12,31-32).

El creyente se pone en camino. Reparar es más sencillo de lo que parece. Dios indica los modos y los lugares. Con generosidad y alegría, ponemos manos a la obra.

Así aplicamos en nuestras vidas las palabras de San Pablo VI en su “Meditación ante la muerte”:

“Hacer pronto. Hacer todo. Hacer bien. Hacer gozosamente: lo que ahora Tú quieres de mí, aun cuando supere inmensamente mis fuerzas y me exija la vida. Finalmente, en esta última hora”.

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