Un Amor para toda la vida

¿Un amor para toda la vida? ¡Pero qué ridícula, dónde tienes la cabeza! Este tema suele generar muchas opiniones (y burlas también). Cuando se habla de noviazgo o matrimonio, muchos prefieren no opinar, guardan silencio y recitan mentalmente su discurso de «pobre ilusa». Otros se lanzan sin pensarlo dos veces a decir, «qué lastima que eso ya no exista».

Me causa mucho asombro ver cómo la mayoría descarta la idea casi de inmediato, es como si estuvieran inyectados de desilusión. Y me causa aún más asombro escuchar a parejas casadas riéndose a carcajadas cuando en una reunión de amigos o familia se toca este tema y dicen: «Qué linda, pero espera a que te cases a ver si sigues pensando igual».

Es cierto que no vamos a estar enamorados eternamente, porque la etapa del enamoramiento no es eterna. Pero lo que sí puede perdurar en el tiempo son las ganas de esforzarnos, de luchar por nuestra relación y de trabajar juntos sabiendo desde el principio que no será fácil, pero no por esta razón, imposible.

No aceptaré un amor desechable

Tengo 27 años, estoy comprometida y quiero un amor para toda la vida. No voy a casarme pensando que el divorcio es una opción, que daré lo mejor de mí mientras mi pareja haga lo mismo, que seré fiel solo si él también lo es. Que seré detallista, si él también lo es conmigo, que me quedaré en los momentos malos, solo sí él lo hace. Que lo apoyaré en sus proyectos, solo si antes él también apoyó los míos.

El error de nuestra generación es que a la menor falla todo se descarta, todo se tira a la basura. Y con esto no quiero decir que aguantes a un hombre o a una mujer que te trata como quiere, que te insulta, te humilla, te lastima, te hace sentir menos, te roba la paz, te es infiel o te golpea.

Para eso existe el noviazgo, para conocer al otro en todas sus facetas, para darnos cuenta si efectivamente esa persona piensa igual que yo (al menos en lo más importante). Para conocer qué quiere, qué le gusta, qué lo motiva, qué lo emociona, y también qué no acepta, qué no es negociable, qué no permite y qué no le gusta.

Me asombra conocer a tantas parejas que no tienen idea de quién es su novia o incluso su esposo. Que no discuten, no tienen idea si el otro quiere tener hijos, si está de acuerdo con el aborto, si está a favor de un partido político que apoya la eutanasia o si le daría igual que en el colegio de sus hijos dieran clases tipo: «Todos podemos ser lo que queramos, un día niño, otro día niña y otro día jirafa».

Y la gente suele decirme ¡pero calma! no hace falta saber todo eso o interrogar a tu pareja si ambos se quieren. ¡Pero claro que hace falta! Porque aunque ambos se quieran cuando llegue la hora de tomar decisiones importantes en el hogar, el trabajo o cualquier otro ámbito que los involucre a los dos, van a salir a relucir los desacuerdos, las «sorpresas».

¿Pero por qué nunca me dijiste eso?, ¿por qué no me contaste que no querías hijos?, ¿por qué no me dijiste que no creías en Dios?, ¿por qué no me dijiste que solo tú manejarías el dinero? ¿Por qué no sabía que eras racista?, ¿por qué no tenía idea de que no compartiríamos tiempo con mi familia en fechas especiales? ¡Oh sorpresa, nunca hablamos de eso!

No quiero un amor a medias

No quiero un amor donde yo ponga el 50 y tú el otro 50, quiero un amor donde ambos pongamos el 100%. Porque eso es precisamente lo que hacemos cuando decidimos decirle sí al matrimonio, donarnos al otro, no a medias, sino completamente.

¿Por qué te quedas en un noviazgo donde sabes que la otra persona no cree en el matrimonio?, ¿por qué aceptas que un día te trate bien y otro mal?, ¿por qué te conformas con una persona que te dice que te ama pero no te apoya cuando todo se pone gris?

¿Por qué te quedas con ese novio que coquetea con otras en tus narices?, ¿por qué te quedas con esa persona que te ha engañado un millón de veces y luego vuelve con migajas de amor? (si es que a eso se le puede llamar amor).

No tengas miedo de esperar un amor sin medida, si eso es justo lo que tú estás dispuesto a dar. No tengas miedo de decir «no», «no más», o «te perdono pero ya no quiero estar contigo». ¿Por qué tanto miedo a la soledad? ¡Qué importante es saber valorar, abrazar y aprender de la soledad!

¿Te has preguntado a ti mismo si estás listo para una relación seria o no tienes idea de lo que quieres? No empieces una relación solo porque te sientes mejor acompañado, porque te da terror estar solo. La otra persona no es un objeto, no es un juguete, tiene sentimientos y es de carne y hueso como tú y como yo.

Si no quieres un noviazgo real ¡quédate solo! Sana primero tus heridas, supera tus miedos, ámate tal como eres, suelta el pasado, pero por lo que más quieras no aceptes un amor a medias. En el noviazgo puedes decir «basta, hasta aquí llegué, esto no es lo que quiero para toda la vida».

En el matrimonio no, si decides casarte puedes decir «basta», pero no «hasta nunca». Tendrás que decir ¿qué vamos a hacer?, ¿cómo vamos a solucionar este problema?, ¿cómo podemos mejorar? Ayúdame con esta debilidad, apóyame más. Hablemos, solucionemos, ¡pero juntos!

No por separado, qué fácil es rendirnos en este tiempo. Esto me hace recordar la película «Historia de un matrimonio», donde yo solo quería gritarle a los protagonistas ¡No se rindan, no sean tan idiotas! ¡No tiren su matrimonio a la basura por el amor de Dios!

Es cierto que cambiamos con el tiempo, hagámonos esta promesa

La gente suele decirme, Nory, muy lindo todo lo que dices, pero luego de 10, 20 y hasta 30 años de matrimonio (incluso dos) las cosas cambian. Y es cierto, muchas cosas cambian, pero no debería cambiar nuestro «paquete básico».

Con el tiempo no sentiremos mariposas en el estómago, no tendremos tantas cenas románticas, no tendremos el cuerpo de hace años, cuando ambos íbamos al gimnasio. No nos esforzaremos tanto en nuestros aniversarios, no nos emocionará como antes la idea de pasar un fin de semana sin los niños. ¡Cambiarán tantas cosas!

Pero prometámonos que no cambiará la idea de respetarnos, de apoyarnos en la enfermedad, de abrazarnos en los momentos de dificultad. De ser el mayor consuelo ante el dolor, de criar a nuestros hijos bajo los valores que ambos compartimos.

Es difícil, nadie dijo que el matrimonio fuera fácil. La gente piensa que la meta es llegar al altar, vestirnos de blanco e irnos de luna de miel. Cuando ese es solo el comienzo, es solo uno de los primeros escalones.

La meta está en seguir juntos superando mil obstáculos. En celebrar nuestro aniversario número 50, en tomarnos la mano cuando caminemos por la calle sin importar la edad que tengamos. En convertirnos en padres y luego en abuelos. En amarnos y respetarnos hasta que la muerte nos separe. El cielo es la meta.

Si sueñas con un amor para toda la vida, sé tú un amor para toda la vida

Es fácil pedir y soñar con un amor de esos que tal vez solo se veían antes. Y puede ser que por nuestras tóxicas relaciones pasadas la idea nos suene imposible. Puede que en casa no hayamos tenido el mejor ejemplo, o que nuestros padres se hayan separado. Puede que tengamos referentes muy malos de amor o que nadie a nuestro al rededor crea en el matrimonio.

Pero entonces haz tú la diferencia, sé tú el que lo da todo, el que cumple las promesas, el que lucha a diario, el que se traga el orgullo y prefiere agachar la cabeza. Sé tú el testimonio que otros necesitan conocer, haz de tu matrimonio eso que todos creían imposible.

No ames a medias, ama con todo el corazón. No hagas las cosas esperando una recompensa, y entiende, que si en el fondo deseas un amor para toda la vida, es porque el mismo Dios te ha demostrado que ese tipo de amor es real. ¿Por qué todos en secreto deseamos un amor verdadero? ¡Porque somos hijos del amor verdadero! ¡Porque nuestro referente es Cristo, no Kim Kardashian!

No esperes que te amen hasta las estrellas, si tú no estás dispuesto a amar ni siquiera hasta mañana. No esperes fidelidad, si no has sido capaz de dejar a tu «amigo con derechos». No esperes detalles, cuando tú ni siquiera eres capaz de escribir una carta. No esperes elogios, si tú eres incapaz de decirle algo lindo a él. No esperes recompensas, porque esa otra persona es un regalo, ¡el más grande que Dios te ha dado!

Así que no, no soy ilusa ni estoy chapada a la antigua. Quiero responder a mi vocación confiada en que no estaré sola cuando sienta que ya no puedo más, porque esa gracia es la que recibiremos en el matrimonio. Quiero un amor para toda la vida y quiero que sea de tres, Dios, tú y yo.

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