VIA CRUCIS Y CRUCIFIXION EN EL MATRIMONIO

Todo matrimonio tiene etapas de crisis de tanto sufrimiento que en alguna medida pueden ser equivalentes al vía crucis. Y la crucifixión se da cada vez que renunciamos a los pecados de la carne, crucificamos el egoísmo, la lujuria y el orgullo para resucitar a una nueva vida, una vida de generosidad y entrega cotidiana, una vida de verdadero sacrificio por el  cónyuge.  

«De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mateo 19,6).Lo que define realmente al matrimonio cristiano es el hecho de que un hombre y una mujer dejen la propia vida y se entreguen mutuamente, de un modo total, como Cristo lo hace con su Iglesia. Juntos forman una nueva unidad, viviendo ya otra vida. No son sólo dos en una sola carne, son dos en una sola vida.

Es así como el matrimonio cristiano es una vocación divina, es decir, que Dios llama a muchas personas a ese estado de vida para que, por medio de él, se santifiquen. En este sentido el matrimonio tiene efectos sobre los cónyuges: les da la gracia necesaria para poder vivir su matrimonio rectamente, y da la fortaleza para poder sobrellevar las cargas y sufrimientos que en ocasiones trae consigo el matrimonio. 

Es necesario que los esposos pongan los medios que están de su parte para lograr la santificación: no dejarse llevar por el egoísmo, fomentar el amor entre ellos, vivir la fidelidad conyugal, practicar las virtudes sobrenaturales (fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y templanza), ejercitar las virtudes humanas (humildad, optimismo, sinceridad, generosidad, laboriosidad), amar a Dios y a su prójimo, crear un ambiente familiar en torno al amor cristiano, orar, estudiar la Biblia, alabar al Señor con música cristiana en el auto y la casa y asistir juntos a la iglesia.

Sí podemos lograr la santidad dentro del matrimonio; el requisito es amar CON VERDADERA GENEROSIDAD, SIN EGOISMOS. En realidad, se necesitan tres para hacer feliz un matrimonio: un hombre, una mujer y Dios. Y hasta podría decirse que los tres son uno, porque son, realmente, uno en Cristo. 

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